Voy a describir un poco la situación actual, para poneros en contexto.
Estoy sentado en un bar en el centro de Thessaloniki, son alrededor de las diez y media de la noche y me he tomado media copa de un riquísimo vino tinto -no voy borracho- mientras escribía parte del libro en el que estoy trabajando, la famosa novela, que algún día conseguiré terminar.
Hoy he hecho grandes avances, me he levantado temprano y durante la mañana he ido a una preciosa cafetería a escribir. De ambiente árabe y con nombre inequívoco, el Haman Café, situado al lado del mercado local, no ha defraudado mis expectativas. Un sitio perfecto para tomar algo parecido a un café (no sé muy bien lo que me han servido) y sencillamente escribir, con pequeñas pausas para observar a mi alrededor.
He conseguido terminar el capítulo catorce del libro -ahora llevo el quince muy avanzado- y me ha gustado tanto el resultado, que le he pedido a un par de amigos que lo leyeran para conocer su opinión al respecto.
Cuando he parado de escribir era ya mediodía, he estado hablando por teléfono un buen rato con un gran amigo y he buscado un sitio para comer. Pues a pesar de haber tomado aquel brebaje, no llevaba nada en el estómago y el hambre apretaba.

He hecho lo que suelo hacer en estas situaciones, tirar de recomendaciones de Google para encontrar un buen sitio para comer. Cuando viajo y tengo tiempo, comer es el momento más importante del día.
Primero he alcanzado un restaurante de aspecto italiano y que el nombre también dejaba claro, il Fruti di mare. Estaba vacío, me ha parecido muy turístico y caro, con lo que he decidido enfilar hacia el hostel y buscar algún otro sitio que me diera mejor vibración. De camino me he encontrado con un restaurante local, todavía era temprano y había poca gente en la terraza. Antes de entrar, Google me ha dado de nuevo la confirmación (5 estrellas sobre cinco, con pocas reseñas).
El camarero habla inglés y me trae directamente un vaso con fish soup de bienvenida. Genial.
Intento descifrar el menú, pero no entiendo absolutamente una palabra, tampoco el traductor del móvil consigue descifrar el idioma helénico, que a pesar de tener tantos años e historia, es totalmente ininteligible para mí.
Me encanta, porque parece que con los griegos tenemos mucho en común, pero no entiendo absolutamente nada de lo que hablan ni escriben. El camarero se da cuenta y amablemente me acerca un menú en inglés, que entiendo perfectamente. Le pido que me recomiende algo y se decanta por unos calamares frescos salteados. Fantástico.
Exquisitos no, lo siguiente. He comido de maravilla, además abundante, casi no puedo ni terminar el plato. Pago la cuenta (10,80€ , bebida incluida) y enfilo hacia el hostel. Haciendo una parada únicamente para comprar un café (o algo similar) para llevar, justo debajo de mi domicilio temporal.
El establecimiento está a punto de cerrar y una guapísima camarera me da charla mientras me sirve el frappé. Algo sucede con la máquina con la que lo está haciendo y el líquido del vaso explota por los aires, manchándolo todo. Yo me quedo perplejo y la camarera se pone roja como un tomate, me mira y estalla estrepitosamente en risa. Seguimos charlando mientras repite la operación, me cuenta que el negocio es suyo y que ha vivido varios años en Nueva York -por su inglés, no lo parece-. Me dice que me invita al café, pero yo ya tengo las monedas en la mano y se las dejo en el bote de propinas.

En el hostal tienen buenas noticias: puedo cambiarme de habitación, pues en la que estaba anoche no pegué ojo porque los vecinos estaban de fiesta y hoy siendo viernes pinta que la cosa irá a peor.
Muevo todas mis cosas y me dispongo a trabajar en la terraza un rato mientras sorbo el frappé. Al llegar me encuentro a Jonas, un peculiar chico holandés. Empezamos a hablar y me cuenta que ha hecho una locura de amor porque ha conocido a una camarera griega y se ha enamorado. Estaba montado en un bus a varias horas de Tesalónica y ha regresado para estar aquí con ella.
Le pregunto si de casualidad no es la chica de la cafetería de abajo, de la que llevo el vaso y me confirma que no, que es otra que está más lejos. ¡Menos mal! Si no, te hubiera roto el corazón ahora mismo. Le digo en sorna.
Es un chaval, tiene apenas 21 años pero lleva varios fuera de casa, me explica que hace temporadas de ski en Noruega y que el resto del año se lo pasa viajando. Seis meses de curro y seis meses de disfrute.
Hablamos sobre el nomadismo digital, a él le parece un sueño. Es curioso, pues tiene la cabeza bien amueblada y creo que le sería más que fácil.
Por la tarde he trabajado, teníamos reunión de equipo. Hay buenas noticias y se vienen cambios importantes. Estamos todos emocionados con ello. A pesar de que han sido dos horas y pico de reunión, ha sido muy fructífero.
Luego me doy una ducha y me muevo, quiero hacer algo de ejercicio. Camino unas pocas calles y encuentro un gimnasio local, me he apuntado para toda la semana, mañana empiezo.
En el hostal había un chico escuchando SKA-P, uno de mis grupos de infancia favoritos. Me cuenta que es italiano pero vivía en Madrid, tiene unas pintas raras de cojones, pero parece buena gente y me ha recomendado una fiesta alternativa cercana. Doy una vuelta más y a un par de calles me encuentro con el centro social okupa al que me ha dirigido. Me doy una vuelta por allí pero me da un tanto de pereza, soy el único guiri y las pintas de la gente no invitan mucho a unirse a la fiesta.
El hambre aprieta y las terrazas que me encuentro están llenas, con lo que tomo dirección hacia un pequeño garito cerca del hostal, también italiano, tienen un horno de leña y hacen una comida que huele deliciosa desde el otro lado de la calle. El local es enano y la terraza está igual de llena que el resto de sitios, pero decido esperar.
Buena elección, es el mejor bocadillo que me he comido en años.
Después, he enfilado por una calle aledaña, caminando sin rumbo a ver si encontraba algún local en el que sentarme tranquilamente, tengo ganas de escribir y me siento inspirado.
Este bar en el que estoy sentado sirve buen y barato vino -como todos los de Grecia, al parecer-, es tranquilo y me ha servido para escribir más de la mitad del capítulo quince de la novela y este pequeño relato en forma de correo que te mando ahora.

Cada día me doy más cuenta de lo que me gusta escribir.
Espero que a ti también leerme, pues si no, esta relación de correo tiene poco sentido.
Mañana, más.
¡Que tengas un buen fin de semana!
Carles.
PD: me gustaría saber si te agradan estos relatos viajeros esporádicos o si prefieres únicamente la newsletter con el contenido del podcast, cada miércoles, como siempre.
PD2: Me largué de Bulgaria porque tenía frío, aquí hace la temperatura PERFECTA.
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