Decidí ir a Tesalónica porque no soportaba el frío de Bansko. También me apetecía vida social, aunque en Bansko con el coworking había conocido a gente y estaban Javier y Diego.
Tenía ganas de sentirme explorando un nuevo lugar, no había estado antes en Grecia y Tesalónica estaba a tiro de piedra (pocas horas en bus). Así que tomé la decisión bastante rápido. Tengo diez días libres, poco que hacer en Bansko y mucho por descubrir en cualquier otro lugar. Así que no había mucho que pensar.
El hostel en el que estoy está bien situado, las habitaciones limpias, espacios para trabajar y una amplia terraza -desde donde estoy escribiendo ahora-.

Aquí es donde suceden las cosas, te sientas en cualquier silla y al poco estás hablando con alguien. Ahora mismo, un chico suizo está tendiendo al sol una tienda de campaña, empapada de la anterior noche por una tormenta. El tipo me ha explicado que va caminando desde suiza hasta Estambul, lleva sesenta y dos días de recorrido y tiene previsto llegar a su destino en otros veinticinco, anoche le pilló una tormenta, a unos treinta kilómetros de aquí.
Luce como un vagabundo con pasta, bien equipado pero sucio como un demonio, también huele así, probablemente lleve días sin pasar por una ducha. Me mola su tatuaje en el pie, una medusa grande que le sube hasta el tobillo. En la otra pierna tiene tatuado un paisaje de montaña, con el cristo redentor arriba.
Anoche estuve charlando con un físico turco, que está aplicando para hacer su doctorado en la universidad de Tesalónica, se unió a la conversación un simpático y ebrio inglés, con el que ya había hablado antes. Hace dos noches terminé saliendo de fiesta con él, un alemán, un suizo, un egipcio y otro chico de Albania que parecía salido de una mala peli de gángsters. De hecho, nos explicó que su tío era traficante de armas en Albania y que estaba acostumbrado a los grandes problemas. Venía a iniciar una nueva vida en Grecia.
Por poco le parten la cara en el club al que fuimos, a él y al suizo, que no se le ocurrió otra genialidad que entrarle a la chica de uno de los moteros de una mesa reservada en el club.
El tipo, el suizo, era bastante simpático, me recordaba a Tintín. Era una especie de versión de Koeman medio gordo, pelirrojo hasta en sus cejas, que no dejaba de hablar de los salarios suizos y de cómo pagan impuestos allí. De lo loco que es vivir con mil euros y de que trabajaba como un descosido cuando estaba en su país.
El caso es que esa noche se puso hasta los topes y empezó a intentar hablar con toda chica que veía. El albanés iba por el mismo camino, tratando a su vez de conseguir cocaína. Yo me escapé rápido, junto al chico alemán, que era de origen turco y era el que parecía más sensato del grupo.

Ellos llevaban horas bebiendo cuando me uní, con mi botella de agua en la mano. Dos cervezas y un chupito de vodka -medio obligado por el alemán-, fueron todo lo que tomé esa noche. Debo decir que la fiesta en Tesalónica es bastante barata, si la comparo con Barcelona y otros destinos europeos.
A las tres de la mañana me retiré hacia la habitación, con el estómago un poco revuelto por el vodka -no me gusta el vodka- y pensando en que mis planes para el sábado se habían torcido también. Pues tenía intención de madrugar para ponerme a escribir la nueva novela.
De todas maneras, este no era el relato que quería contarte, aunque reconozco que fue divertido. Hacía tiempo que no salía a tomar algo así.
La primera noche la pasé en una de las literas de la habitación 304, situada en la entrada del hall de la tercera planta. Mi cama estaba pegada a la puerta de la habitación y en la sala estuvieron de fiesta hasta las tantas. Yo venía cansado del viaje en bus y no haber dormido la noche anterior y necesitaba dormir. Un par de veces me desperté sobresaltado por gritos de gente que literalmente corrían de un lado a otro, ni idea de la hora que era, probablemente las dos o las tres.
La mañana siguiente pedí que me cambiaran de sitio y me asignaron una habitación más tranquila, la homóloga de la anterior, pero en la segunda planta, la 204, cama D. En la habitación había un motero, con el que hablé poco, se marchó temprano la mañana siguiente. Echo de menos mi moto, ojalá la tuviera aquí. Este sitio es perfecto para descubrir en una moto propia.
El día que llegué al hostel eran las cinco y media de la tarde, dejé todo, me puse el bañador, chanclas y emocionado, me fui caminando hacia la playa. Solo con la toalla, un libro y el móvil. Nada de valor, por si me roban en la playa, pasa a menudo en Barcelona y esto se le parece bastante.
Caminé directo en dirección al mar, apenas diez minutos. Llegué al puerto y empecé a caminar hacia lo que me parecía una playa. Pero al poco rato me di cuenta de que no, en el centro de Tesalónica no hay playa alguna. El agua del mar arrastra plásticos y deshechos y pega directamente contra un espigón de hormigón. Nadie en su sano juicio se baña en ella.
Yo, que soy un poco menos juicioso, busqué un lugar que tuviera algunos metros limpios desde donde saltar al agua, pero no encontré alguno desde el que luego pudiera regresar arriba del espigón. Si te caes estás jodido.

Teniendo la moto, me iría a la playa del pueblo cercano. Hay que tomar dos buses para llegar allí.
En Tesalónica estoy comiendo muy bien, a buen precio y sabroso. Es algo que me hace feliz de cualquier destino al que vaya. Me fascina la comida local de cualquier sitio con costa y los griegos no defraudan.
Pero lo que venía a contarte hoy es la historia de uno de los chicos de la habitación 204, donde he pasado dos noches, la primera de la fiesta con el grupo internacional y la siguiente ya más descansado.
Esta mañana me he levantado temprano y he ido en busca de una cafetería par a escribir, es domingo y está casi todo cerrado. Al final he acabado en una recepción de un hotel Boutique muy cuqui que servían desayunos a quien quisiera. Me he sentado, pedido la clave de la wifi y un café.
El café terrible y a 3,50€, aquí cuando te traen algo, te dan el ticket directamente, para que no haya sorpresas luego. Si pides más de una vez, recibes más de un ticket. Con el café, la camarera me ha traído también una carta. Full breakfast 9€. Y me ha explicado que si quería el desayuno completo, el café estaba incluido.
Viendo el festín del resto de mesas, mi catalanidad a aflorado. Me pongo hasta el culo ahora y eso que me llevo. Vamos a aprovechar esta gran oportunidad de la vida.
–Full Breakfast for me then.

He escogido lo que me ha parecido, doble ración de jugo de naranja recién exprimido -que se note de dónde venimos-. Unos pequeños croissants bañados en azúcar glacé , con mermelada y miel.
Estaban buenos, pero entre el zumo de naranja, el café horrible, el azúcar de los croissants y la mermelada… Me ha pegado tal subidón de azúcar que pensaba que iba a vomitar. Menos mal que la camarera no ha traído el trozo de pastel de zanahoria que le había pedido.
Pago rápido y me piro, mareado por el azúcar. Caminar un poco me vendrá bien seguro. ¡Qué bueno es el ayuno, idiota! Me digo por mis adentros.
De regreso al hostel he podido escribir un buen rato en la novela, desarrollando parte del capítulo quince. Escena romántica incluida, que me estaba costando.
Al entrar de nuevo en la habitación me encuentro a mis dos nuevos compañeros hablando entre ellos, ambos asiáticos, uno de estados unidos y el otro alemán de origen vietnamita.
Sorprendentemente están hablando sobre drogas, que si la marihuana es legal aquí o no, que si es mala, viene de no se dónde… Me uno a la interesante conversación.
El tipo alemán nos cuenta que no hace mucho ha salido de la cárcel de Hamburgo. Me sorprende muchísimo, pues más que un delincuente, parece un estudiante Nerd de programación o algo así.
Cuenta que vendía hierba en su ciudad, siete años hasta que lo pillaron. Para hacer más creíble el relato, nos muestra varias fotos de él en la cárcel con otros presos. Este mató a su mujer, el chico más bajito también estaba por tráfico de drogas, este otro era un atracador… En las fotos parecen todos inofensivos, vistiendo ropa de los años noventa, parecen un grupo de amigos de paseo por un patio.
Por lo que explica, no se arrepiente. La cárcel alemana ha sido un paseo y los diecinueve meses que ha pasado encerrado le han servido para reconducir su adicción al juego.
Cuenta que estuvo vendiendo desde el 2010 hasta finales del 2017, que vendía al menudeo unos quince kilos cada mes, incluso nos cuenta el entramado de su proveedor. Me fascina con la naturalidad que nos cuenta todo.
Resulta que hay una organización vietnamita que tiene varios edificios tapadera, de masajes y estética, pero que realmente son cultivos de marihuana. Él compraba los kilos a 4.000 euros y vendía al por menos a siete euros el gramo, mínimo tres gramos, que era una bolsita de veinte euros.
Hago uso de mi calculadora mental y le expongo que si movía quince kilos al mes y le ganaba un 50% al producto, que eso le suponía unos treinta mil euros de beneficio mensuales, multiplicándolo por los años que había estado así, aunque no fuera siempre a ese nivel… Pues habría ganado un millón y pico de euros, así rápido, incluso dos millones.

Se echa a reír y nos cuenta lo del juego. Me dice que es cierto, que en la cárcel un día lo calculó, pero que se reventaba el dinero en el casino cada noche, perdía cantidades locas de dinero en apuestas.
A pesar de ello, una parte de su dinero la puso a buen recaudo y ayudó a la familia, que ahora tienen varios restaurantes asiáticos por toda Alemania. Viven bien y él se dedica a estudiar en la universidad la carrera de empresariales. Para demostrarse que puede terminar algo que empieza. Es evidente que a este emprendedor le hubiera venido bien la carrera de empresariales antes. Lástima que la universidad no le convalide algunos créditos por su experiencia.
El caso es que sigue contándonos cómo funciona lo de la mafia de hierba vietnamita en Alemania. La historia me parece fascinante.
Resulta que el gobierno alemán expulsa a los ilegales que cometen delitos de tráfico con drogas menores. Con lo que este grupo organizado lo que hace es traer constantemente a ilegales, que los pone a cargo del cultivo pagándoles mil y pico euros al mes y hasta que los pillan, cuando los pillan mandan un sobre con dinero a la familia y una nota para que traigan a otro familiar a cubrir la plaza del deportado.
Ale, importación de talento agrícola extranjero.
Los que están a cargo del tinglado, que son residentes legales, no se ensucian las manos en ningún momento, tienen una enorme popularidad en su lugar de origen, pues están dándole empleo “bien pagado” a medio pueblo y en Europa viven como reyes.
Antes de dividirnos, le digo al chico que soy escritor -miento, me consideraré escritor cuando publique el quinto libro o pueda vivir de ello-, y que si le importaría que utilizara su historia en uno de mis escritos.
Le parece fenomenal.
¿Podría vivir así el resto de mis días? No tengo ni idea, pero me doy cuenta que, por el momento, me encanta.
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Hola Carles, te conocí en febrero de este año trabajando. Escuchando el podcast de Iñigo Mendía (Traviajar). Soy de Mallorca, y he hecho algunos viajecitos por todas las islas en bicicleta y por el sud de la península. De aquí el porque escuchaba el podcast de Traviajar, pq mi cabeza le da mil vueltas a como se puede vivir viajando. El podcast de traviajar me condujo al de Àngel Alegre y el de Àngel Alegre, a fotodinero, a día de hoy stockeros. Me he pasado casi los 300 podcasts de Nómada Digital y me quedan cinco posts para terminar los de vive distinto.
La conclusión es q voy a intentar hacer un plan e intentar en unos años ser fotógrafo de stock. O simplememte aprender fotografía para sacarle un rendimiento.
Se que será muyndifícil el camino pero akí dejo este mensaje rollo motivación por si cuando lo logre y me acuerde de este mensaje pueda decir… vaya pardillo esfaba hecho PERO LO LOGRÉ!!!!
Un saludo Carles.
Kolau,
P.D. este post y el anterior; de lo mejorcito de vivedistinto. Me encantan las anéctodas y las batallitas
Buenas Kolau! Qué bueno, ya me alegro que te guste el contenido! 🙂
Poco a poco, el camino de la fotografía de Stock requiere mucha persistencia.