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Vivir entre dos mundos: lo bueno, lo jodido y lo que nadie te cuenta

¡Muy buenas! Carles por aquí.

Llevo unos siete meses en Costa Rica, mi base nómada, y aunque he tenido mis escapadas a Nicaragua, Perú y Brasil, además de recibir un montón de visitas de amigos y emprendedores, ha llegado el momento de hacer maletas de nuevo. Antes de ponerme en marcha, he querido sentarme a reflexionar sobre esta vida de «vivir entre dos mundos», un estilo que he cultivado durante años y que, como todo, tiene sus luces y sus sombras. En el último episodio del podcast Nómada Digital, me abro en canal sobre esto, y hoy quiero compartir contigo un pedacito de esa introspección.

La cara bonita de la vida nómada (y con base)

Lo primero, lo que me ha enamorado de esta experiencia de tener una base en Uvita, Costa Rica, es la posibilidad de seguir moviéndome sin ataduras, con la flexibilidad de viajar cuando me apetezca. He descubierto que disfruto mucho la rutina aquí, especialmente en la época sin lluvias, con ese clima que me encanta y me permite disfrutar de la naturaleza y de mi perrita Maya. Tener mi propio espacio, una casa que yo mismo diseñé y en la que me siento a gusto, es una gozada.

Y ojo, que la cosa no termina ahí. Esta base me permite tener una vida social activa, rodearme de amigos y desarrollar proyectos que me apasionan. Mi casa, por ejemplo, se alquila cuando no estoy y genera ingresos pasivos que me permiten vivir en casi cualquier lugar del mundo. Esto es clave: mi negocio no se pausa cuando viajo, al revés, sigue creciendo. La verdad, estoy muy contento con lo que he creado y con la libertad financiera que me da.

La cara B: Lo jodido de vivir en constante movimiento

Pero no todo es color de rosa, amigos. Esta vida también tiene sus puntos de fricción, «problemas de rico» o «problemas de libres», como me gusta llamarlos, pero problemas al fin y al cabo.

Una de las cosas que más me pesa es la logística. Llegar y salir de Uvita implica casi un día entero de viaje al aeropuerto de San José. Luego está la época de lluvias (de mayo a noviembre), que me trunca los atardeceres en la playa y las actividades al aire libre, haciendo que las mañanas se me queden cortas.

Lo más recurrente en mi vida es ser «el que siempre se va» o «el que acaba de llegar». Esto condiciona mucho mis relaciones sociales y de pareja, haciendo que todo vaya más rápido o que la incertidumbre sobre el futuro se haga constante. Las despedidas se han normalizado, pero el proceso de preparar todo antes de marcharme es una fuente de estrés: cerrar mi casa, vender la furgoneta, y sobre todo, el lío de viajar con Maya, que es muy miedosa. Suma a esto los compromisos que te esperan al llegar a Europa y la gestión de proyectos físicos que tengo en marcha, y la cabeza se llena de ruido.

Aprendizajes y reflexiones para seguir construyendo libertad

Esta introspección me ha servido para darme cuenta de varias cosas. Una, que tengo que ajustar mi calendario y venir a Uvita de noviembre a abril para evitar la temporada de lluvias. Otra, la importancia de aprender de la incomodidad para mejorar. Me gustaría poder vivir más sin fechas fijas, marcharme cuando me apetezca, aunque sé que es un reto con socios y proyectos.

También me planteo tener una base híbrida en Europa, quizás en el sur de Cataluña o Italia, para equilibrar mi tiempo y la fiscalidad. Este verano, de hecho, me lo tomaré para reencontrarme con la escritura, disfrutar de la naturaleza con Maya, socializar sin compromisos y, por qué no, organizar alguna quedada de Alternatribu o Emprende Libre.

Al final, tener mi propio espacio y esa libertad financiera son pilares fundamentales para las decisiones que tomo. Mi propósito sigue siendo el mismo: generar libertad a través del emprendimiento. Y aunque haya días jodidos, estos momentos son una parte más del camino y una oportunidad para seguir mejorando.

Si quieres escuchar la historia completa y profundizar en estas reflexiones, te invito a escuchar el último episodio del podcast Nómada Digital. ¡Te aseguro que te removerá!.

La libertad no se persigue, se construye. El primer paso hacia la libertad es saberte capaz de ella, el segundo, no aceptar otra cosa.

Un abrazo, Carles.

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